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140. Decide

miércoles, 3 de diciembre de 2008

En el chat, horas más tarde, mientras disfrutaba de mi día libre por enfermedad, Julieta me contaba que Valentín se había olvidado de su cumpleaños y que le echó la culpa a ella de estar de novio actualmente. Porque lo de ellos "no pudo funcionar".

A su vez, yo le contaba a Felipe lo que me había sucedido.

FELIPE: No recibí tu mensaje.

YO: Te decía que ahora soy yo el que no puedo salir de mi casa y te preguntaba si tú tendrías el coraje de venir por mí.

FELIPE: Oh, tú eres muy inoportuno.

Aquello era el colmo. No esperaba que saliera corriendo a desesperarse por verme, pero al menos que no me acusara de buscarme una enfermedad cuando sus tiempos no eran los precisos.

YO: Perdonarás a mi garganta por rebelarse justo cuando tú no podías.

FELIPE: No me digas así. Es que hoy es un día complicado.

YO: Para ti, todos los días son complicados.

Después de todo, era cierto. Siempre que yo lo necesitaba, por algún motivo siempre me cancelaba. Así que tampoco es que me estaba abusando del drama al decirle cosas como esas. Tampoco tenía la intención de herirlo, pero no iba a quedar como si él hiciera hasta lo imposible por cumplir conmigo.

FELIPE: Haré lo posible por ir. ¿De acuerdo?

YO: Y te esperaré. Aunque no sé por qué estoy viendo que nuestra conversación de mañana será algo así como "deja de apuntarme con ese cuchillo, Oliver, yo nunca te prometí que iría." Por tu bien, espero estar equivocado.

Me desconecté esa tarde y me dediqué a continuar con mi reposo. No estaba seguro de qué tan maravilloso sería encontrarme en mi estado con aquél sujeto, pero al menos iba a ser un buen gesto de devolución por todo lo que hice, el hecho de que viniera a verme cuando se lo pedí.

Cada vez que sentía que mis perros ladraban hacia la vereda, con mucho esfuerzo iba hasta la entrada y me fijaba si por casualidad se encontraba en la duda de tocar el timbre o hacerme sonar el celular para anunciarme su llegada.

Sin embargo, nunca era.

Esa misma noche, Lucas me dijo que su modem todavía no llegaba y que hace semanas enteras que está esperando que se lo den. Martha me contó que su novio apareció después de tres meses sin verse y se fue a su ciudad de nuevo, dejando un encuentro con más pena que gloria. Pablo está un poco más relajado ahora que las clases están terminando y pretende tener más tiempo para poder ver a su novia. Ana estaba en los preparativos dentro de una semana, porque va a ir con su madre a buscar una casa donde vivir el año entrante ahora que el divorcio de la familia era un futuro cierto.

Y en cuanto a Felipe, ¿quieren saber si apareció?

La respuesta es más que simple: ni siquiera le importó ir. Así que con respecto a este personaje, lo único que puedo decir es que de vez en cuando, como una vez por semana, nos juntamos a jugar Clue y a ver alguna serie, mientras que la amistad con Rafael y Fabricio deja sus primeras raices.

De todos modos, el mundo sigue continuando.

139. Nueva Gripe

Después de nuestro hermoso y famoso fin de semana bajo la lluvia con los dos amigos que estuvieron desde el principio allí, el sábado por la noche comienzo a enfermarme y ya el domingo, mi garganta ni siquiera me dejaba tragar saliva. Hasta el cigarrillo tenía otro sabor, aunque era una teoría que no podía compartir con muchos porque a nadie le iba a agradar que lo estuviera comprobando.

Leo me visitó la noche siguiente sólo para preguntarme si necesitaba un té con limón y miel o alguna clase de medicamento, mientras que yo apenas podía hablar sin que mi garganta me doliera. Por un segundo creí ver que a mi amigo le agradaba mi situación.

Mientras tanto, le escribí un mensaje de texto a Felipe:

"Ahora es tu amigo Oliver el que se encuentra enfermo. ¿Tú lo vendrás a ver esta vez ahora que es él el que no puede salir o lo dejarás en su lecho de muerte?"

- ¿Crees que vaya? - me preguntó Lucas, más tarde, al teléfono, mientras hacía intentos sobrehumanos por entender lo qu yo le contaba.

- Todavía no ha respondido, así que no lo sé - dije, y luego tosí un poco. - Lo cual es raro porque nunca tarda tanto en responderme.

- No creo que vaya - pronosticó mi mejor amigo, lleno de ese positivismo que lo caracterizaba. - No va a ir. Sólo le fuiste útil cuando él te necesito, ahora... ¿para qué va a ir a verte si estás enfermo?

- Lo mismo tendría que decirte a ti, amigo - respondí, no porque haya atacado a Felipe sino porque hace tiempo quería sacárselo en cara. - Cada vez que estoy mal o que intento ubicarte siempre tienes algo más importante que hacer. Así que no eres quien para juzgarlo.

Omití decirle la frase "sólo me buscas si necesita plata", pero aparte de ser cruel, sería una mentira, aunque no podría defenderse de ello. De todos modos, una parte mía quería creer que Felipe escaparía al estereotipo en el cual Lucas lo encansilló. Confiaba en que se escaparía de su ego y haría algo bueno por mí.

Esa noche mi gripe fue en aumento y al día siguiente tuve que retirarme de la oficina porque ya ni siquiera podía hablar sin que me doliera.

Dormí toda la mañana.

138. Dos Empleos

En un gran almuerzo donde la empresa gastó más dinero del que podía costear, el presidente anunció que seríamos contratados definitivamente. Mientras Tobías se moría de incertidumbre sobre su futuro y a Lucas todavía no le llagaba el modem que pidió hace más de dos semanas, Marcelo y Pablo se encontraban más tranquilos al saber que las cosas estaban mejorando leventemente para ellos ya que tuvieron propuestas de trabajos para las vacaciones que estaban próximas.

Leo, por su parte, estaba dichoso por haber aprobado tres materias en tres días seguidos.

- Eres al único de mis amigos al que le puedo sacar en cara que estoy lidiando con los trabajos más importantes de la ciudad - le comenté. - No puedo ir a los demás a decirles que soy mejor que ellos, porque se están desprestigiando a ellos mismos.

- Realmente me pone muy feliz por ti que tengas estas oportunidades, Oliver - me dijo Leo, y le creí. - Es impresionante verte así.

No sabía a qué se refería con esa expresión, así que tal vez mi rostro habló por mí, por lo que Leo tuvo que expresarse con mejor claridad.

- Es que simplemente recuerdo que a ti todo te sale mal - dijo, y simuló que no se reía. - Por eso es que está bien que un poco del destino te de la suerte de por lo menos poder mostrarte orgulloso al decir que tienes ofertas de los dos mejores empleos de la ciudad. ¿Qué decidirás?

- No lo sé - dije, y aquella era una pregunta que me enfrentaría constantemente. - Porque por más que me vivo quejando de mi empleo, yo estoy muy cómodo ahí. La gente me trata bien y son respetuosos. Aparte, no corro riesgo de hacer algo grave. Si trabajo en el Poder Judicial, corro riesgo de mandar a alguien a prisión que podría odiarme más que una persona a la que por error puedo dejar sin sueldo.

- Es cierto, en donde estás ahora el error es menos grave, aunque de todos modos te querrían matar - comentó mi amigo.

- Lo sé, pero es que no me imagino estando en otro lado que no sea allí - comenté. - Por otro lado, tampoco sé si la otra opción será mejor o no. Es un asunto para analizar.

- Está difícil, es cierto - dijo Leo, y eso sería la conclusión que más escucharía al exponer mis temas a semejante pregunta.

Pero, para todo esto, habría tiempo para decidir sobre dos empleos que, de palabra, se me presentan.

Aún así, hasta que no vea un contrato donde yo pueda firmar, no me iba a hacer ilusiones. La suerte es frágil conmigo y es mejor no abusar de ella.

137. Conversación con Rafael

Cuando Felipe me pone al tanto de los problemas que su hermano mellizo Rafael estaba teniendo en su casa, decido hacer un acto de caridad y actuar de una forma impensada.

Esa siesta, hablamos por teléfono.

- Te puedo preguntar... ¿puedo hablar con Rafael o eso rompería algún código no establecido dentro de nuestra ya extraña amistad? - pregunté.

- En estos momentos está durmiendo - respondió. - Si quieres hablar con él, inténtalo a la noche.

- De acuerdo, no esperaba que me pasaras con él de todos modos - dije, como si no me sorprendiera.

Sin embargo, a la noche decidí insistir. Había una conversación con Rafael que no me quería perder. Nuevamente, dos horas antes de la medianoche, volví a llamar.

- Se está bañando - respondió Felipe, quien para esas alturas se dio cuenta que yo sospechaba que no me quería pasar el teléfono. - Cuando se desocupe te llamará él. ¿Puedo preguntar cuál es el interés?

- Por el tema de su mal examen - comenté. - Quería decir algunas palabras de apoyo o algo de esa índole. Si no te molestaba a ti.

Dijo que no y cortamos. Pensé que nunca me iba a comunicar con Rafael, cuando sorpresivamente mi celular sonó veinte minutos más tarde y del otro lado, una voz similar a la de Felipe pero más risueña y tímida se dirigió hacia mí.

- Hey, ¿cómo estás? - pregunté. - Me enteré de lo de ayer. Que mala suerte. ¿Cómo estás?

- Ahora bien - respondió, con simpatía. - Ayer nada más estuve algo triste. Pero ya pasó.

- Bueno, mira - dije. - El sábado nos juntaremos con Ana y conmigo y jugaremos Clue. Si eso no te es suficiente para animarte, te encerraremos en un cuarto a Ana y a ti, y ella te contará chiste. Entonces o te terminas riendo o la terminas matando, pero de todos modos se te irán los pensamientos por el mal momento.

Escuché bastante risas del otro lado, las cuales fueron espectaculares, porque era algo que no pasaba cuando me hacía el gracioso con Felipe. Nunca se reía. Así que llegué a la conclusión de que definitivamente su hermano me caía mejor.

Cuatro minutos más tarde cortamos nuestra breve charla, donde también recibió amenazas sobre el plan de que cuando estuviera encerrado, aprovecharía para robarme su cuadro que tanto me gusta. Risas también por este comentario, aunque yo no le vi la parte graciosa.

Finalmente ese fin de semana no pudimos jugar Clue porque la familia de Felipe tenía obligaciones con la Iglesia y no tenían tiempos en su agenda. De todos modos, esa noche me sentí feliz por haber hecho un pazo para ganarme la confianza de la entrada al mundo de Felipe.

136. Mi Segundo Examen

Mientras que Rafael lloraba de la frustración, yo intentaba estudiar esa noche y estaba convencido de que al final del día iba a terminar diciéndole que no estaba solo en la lista de quienes no aprobaron el segundo examen.

Definitivamente, jamás me importó estudiar todo esto hasta que vi lo importante que era y lo afortunado que podría considerarme por ser uno de los pocos en la ciudad por conseguir un puesto así. Esas cosas que no me propongo y resultan mejor de lo que esperaba.

Cuando fui a rendir, entre la espera, escuché a uno de los aspirantes preguntar acerca de cómo le había ido el día anterior.

- De todos los que rindieron ayer, solamente uno quedó afuera - dijo. - Así que esperamos el mismo nivel en ustedes.

De más está decir que ya sabía quién fue el único de todos los que rindieron ayer que había quedado afuera. Hubiera dicho algo así como "yo lo conozco", pero dudaba que era algo como para decir con orgullo.

Me senté a rendir el cuestionario de 100 preguntas, de las cuales si con certeza sabía 3, era un dato halagador. Jamás me imaginé que la harían tan complicada y me di cuenta que hace tiempo que no me siento a rendir una materia como para estudiar de verdad. Mi cerebro se había atrofiado o se perdió por el camino.

Así que terminé de completar el test y, suspirando hondo, me eché a la suerte.

"RESULTADO: 70 RESPUESTAS CORRECTAS"

Me quedé con la boca abierta al ver eso. ¡Había aprobado! Con una suerte de perros, pero ¡había salido bien!

No podía creerlo. Los muchachos que tomaban nota me felicitaron y se burlaron también de mi suerte y como había jugado con el destino.

Estaba claro que el azar me sonreía en cosas que nunca me proponía, y tal vez debería dejar de esmerarme tanto por conseguir algo y empezar a darle poca trascendencia, porque, aunque parezca absurdo y conformista, de esa forma las cosas me salían bien.

Aún así, sentía que tenía que hablar con alguien acerca de darle ánimos. Una persona que sufrió el azar de una forma cruel.

No quería abusar del dolor ni tenía intenciones de sacar en cara nada, solamente quería hablar para dar un voto de confianza al futuro.

Claro que tal vez Felipe no estaría muy feliz con el hecho de que yo me relacione con su hermano Rafael, pero de todos modos, iba a hacer el intento con un discurso ya preparado.

135. La Mala Reacción

Cuando Rafael vio que el resultado de su examen le dio un puntaje de 68, sintió que su mundo se venía abajo. Sólo 2 respuesta correcta y podía estar entre los primeros candidatos, como su hermano Felipe, que había alcanzando el mínimo requerido respondiendo correctamente a las 70 preguntas básicas.

Estaba un poco triste y Felipe no supo muy bien cómo consolarlo, aunque después de todo no era el fin del mundo y más allá de eso, sabían que no hicieron su mejor esfuerzo, ya que la noche anterior Rafael dejó todo por celebrar a solas el cumpleaños de Fabricio.

Sin embargo, cuando llegaron a su casa, sus padres los miraron de brazos cruzados. Algo en ellos les dijo que ya se habían enterado de todo antes de que ellos pudieran decírselos.

- ¡Eres un inconsciente! - le gritó la madre. - ¡Perdiste la oportunidad de tu vida!

Rafael no decía nada. No era él el que respondía a las agresiones. Felipe, por otro lado, hervía de rabia.

- Mamá, tiene 18 años... - intentó interrumpirla Felipe. - No es el fin del mundo.

- ¡No! - gritó ella. - Pero sabías muy bien que podías haberte esmerado un poco más - Felipe no existía en esa conversación. - Yo te dije ayer, en lugar de irte a jugar en el cumpleaños de tu amigo, podrías haberte quedado a estudiar. ¡No te costaba nada!

Ahora Rafael se sentía terriblemente culpable por esto. Pero Felipe no estaba dispuesto a dar el brazo a torcer y decirle a la madre que tenía razón.

- Mamá, ya pasó - volvió a interrumpir. - ¿No crees que ya se siente mal de por sí?

- No sé - dijo ella, cegada por la bronca. - Pero esto no hubiera pasado si se hubiera esmerado un poco. ¡Un poco solamente! Tenía todas las posibilidades. Yo podría haber estudiado con él. ¿Y ahora?

Felipe esperó a que su madre termine de gritar saliendo de la habitación y volvió a entrar en el cuarto cuando se aseguró que Rafael se encuentre solo. Por supuesto, estaba llorando.

- Después se calmó - le contó Rafael. - Me dijo que iba a hablar para saber si existía alguna posibilidad, pero dudo que exista y dudo que lo haga. Creo que recapacitó después de su arranque de furia.

- Por eso tendríamos que habernos ido - dijo Felipe.

Esa noche durmió bien, pero escuchó por momentos como su hermano se partía en llanto.

134. La Autohumillación

Para cuando llegó el lunes, nos encontrábamos a dos días de que Felipe y Rafael rindieran su segundo examen, y a tres de que yo lo hiciera. Esto causó tal grado de paranoia en Felipe que me obligó a estar sentado frente a los cuadernillos de estudio alrededor de tres horas, mientras me debatía sobre teorías que yo ni siquiera había leído. Cuando en un momento vi a Fabricio y a Rafael en un sector de la casa, me acerqué para preguntarles la idea sobre si nos juntábamos a jugar Clue el próximo sábado, a lo que los chicos me respondieron que sí.

De más estaba decir que a Felipe no le agradó para nada que yo hiciera sociales por mi cuenta y pasara por encima de su autoridad.

- ¿A qué se debe que les quieras caer tan bien a Fabricio y a mi hermano?

- A que son las únicas personas de tu mundo que conozco - comenté, sinceramente, sin apartar mi vista del papel. - Y yo quiero pertenecer a tu mundo, así que es lógico que busque las personas que te rodean para aferrarme.

No sé a qué se debía mi excesivo nivel de romanticismo hollywoodense, pero me arrepentí de decir esa oración apenas salió de mi boca. ¿Qué tan ridículo quería quedar ante Felipe? Esa mezcla de sinceridad y sensibilidad, no eran buena mezcla en mí.

- Sigamos estudiando - dije, al ver que Felipe se quedó sorprendido por mi respuesta. - Por más absurda que sea esta imagen.

- ¿Por qué es absurda? - insistió Felipe, que estaba claro que no quería dejar el tema allí.

- Porque todo es absurdo - contesté. - Para empezar, yo no hubiera hecho por cualquier amigo todo lo que hago por ti, si yo no tuviera alguna clase de intención subliminar contigo. Así que por eso es absurdo, porque sé que tú me ves solamente como un amigo, lo cual vuelve a mi rutina como un acto masoquista. Lo noto en mis desmedidos malabares para conseguir tu atención. Lo noto en mis estúpidas esperanzas de que las cosas van a ser diferentes, sólo para que al día siguiente vuelvan a ser lo mismo. Por todo esto, es que el que estemos ahora juntos es un absurdo.

- Es un absurdo para ti - respondió Felipe. - Para mí todo tiene mucho sentido.

A esas alturas no sabía si golpearlo o dejarlo con vida.

Pero por si aquella autohumillación no fuera suficiente, en ese momento llega la madre de Felipe y se acerca.

- Hoy estuve hablando con la esposa de tu primo - anunció, mirándome. - Resulta ser que tú no estudias con mis hijos. Así que... ¿de dónde te conocen?

Miré a Felipe quien sólo se limitó a agachar la cabeza. Esa tarde mentí e hice ver que todo había sido una gran confusión, pero no estoy seguro que la mujer me creyó.

Aún así, no hizo más preguntas y nunca se volvió a hablar del tema. Por suerte, me dejó volver a su casa un par de veces más. Luego Felipe y yo nos encargaríamos de no volver a hablarnos. Pero para llegar a eso, todavía faltaría un poco más de tiempo. Primero, ambos niños tendrían que presentarse a rendir el segundo examen.

133. La Tormenta

La noche de ese fin de semana me encontró con dos planes tan llamativos como inadheribles. Por un lado, Martha y Susana me invitaron a cenar con ellas, como una excusa de poder desligarse de Guillermina. Mientras que Pablo me invitó a ir a la casa de Tobías y que todos juntos tomemos algo para pasar la noche.

Así que, como Martha y Susana rechazarían la idea apenas proponerla, decidí utilizar a Leo como una excusa de poder marcharme temprano de la cena y luego poder ir donde estaba el sector masculino.

El problema fue que la noche con rayos y truenos anunciaba una tormenta que se desataría con mucha furia aquella noche, apenas nos sentamos en un bar a la interperie, ni siquiera alcanzamos a encargar cuando Leo tuvo un repentino ataque de miedo.

- Creo que me voy a ir antes de que llueva - dijo.

Y se fue.

Así que mientras cenábamos escuchando la historia sobre cómo Martha quiere asesinar a Marcelo por haberse ofrecido a arreglarle el celular hace dos meses y nunca se lo había devuelto, yo meditaba sobre cómo asesinar a Leo y que no se notara que fui yo.

- El otro día Guillermina nos invitó a salir - me contó Martha. - Pero sólo nos hizo estar con ella hasta que Jessica salió del trabajo. Luego ni siquiera se acordó de nosotras.

- Lo peor es que piensa que no nos damos cuenta de lo que está haciendo - acotó Susana, mientras bebía un poco de la gaseosa que le había traído un mozo que no pudo evitar mirarle los pechos. - Se piensa que somos tontas y que nos tiene bajo su poder.

- Desde que enviaste los e-mails, de repente está muy apegada emocionalmente a Susana - continuó Martha. - Pero a nosotras no nos comentó nada.

- Se dio cuenta que perdió contra mí - analicé. - Por eso no comentó nada.

- ¿Por qué lo crees?

- Porque si Guillermina me hubiera ganado o tuviera algo para defenderse ante lo que le dije... ¿no creen que se los hubiera contado a todo el mundo con tal de demostrar que es la vencedora?

En mitad de la comida una tormenta feroz dejó sin electricidad a la ciudad y en cuestión de segundos, las calles se inundaron tal Venecia. Susana, Martha y yo, bajo la lluvia y los rayos corriendo para intentar llegar a un sitio seguro.

Martha tropezó contra el cordón de la vereda en uno de los apagones y terminó en medio de un charco en mitad de la calle.

Susana y yo no paramos de reírnos en toda la noche.

132. Cayendo en Cuenta

Dos días después, y con una pequeña alegría por haber aprobado el primer examen siendo uno de los primeros lugares, en una de nuestras reuniones de estudio para el ingreso al empleo, me encontré con un Felipe a quien miraba con los ojos de lo que pasaría a ser: un simple amigo. Y la sola idea me pareció tan repulsiva, que estaba intentando mediar mis deseos de irme con los de quedarme allí, mientras que no me dejaba estudiar porque a cada rato me interrumpía con alguna cosa distinta.

- Estás distinto, ¿qué te pasa? - me decía a cada instante.

- Nada - respondía, interminablemente, como única verdad.

Rafael iba y venía para hablar a solas con él, por un problema que también se estaba enfrentando. Resulta ser que Fabricio ahora tenía conexión a Internet desde su casa y desde ese entonces, inexplicablemente, había dejado de aparecer por ahí. A riesgo de imaginarse que se sentía usado, estaba desbordado por la situación, por lo que tenía pequeños debates con su hermano acerca de cuáles son los pasos a tomar.

En ese momento me di cuenta que Felipe me estaba ocultando cosas. Ahí caí en la idea de que no contaba tanto conmigo como yo contaba con él. Y una vez más, estaba entregando más de lo que estaba recibiendo a cambio.

Me sentía debastado, como una persona que desea marcharse de un sitio pero a la vez intenta mantener su dignidad sonriendo falsamente.

- Ahora Fabricio se encuentra todo el día conectado - me dijo. - Y nosotros sabemos que el chat es peligroso.

- Dímelo a mí - dije. - Que por culpa del chat estoy aquí.

- Sí, pero así como el chat es peligroso, también pueden surgir grandes amigos - acotó, como un manotazo de ahogado.

Me hice el estúpido y continué fingiendo concentrarme en lo que estaba leyendo. Había llegado a una saturación importante con respecto a Felipe, dado que fue la persona que más vi en todas estas semanas, y nuevamente me sentía prisionero de una esperanza de algo que nunca iba a suceder. Los sentimientos que puse en el congelador, de repente se estaban calentando y ahora todo caía como un castillo de naipes que hice falsamente.

- Me vas a decir qué es lo que te pasa - me exigió Felipe, ya enojándose porque me encontraba en silencio.

- Es que hay días en donde puedo mediarlo - dije, solamente. - Hay días en que no puedo estar cerca tuyo y ser sólo tu amigo. Pero ya va a pasar. Pasa. Las cosas no van a cambiar y todo seguirá bien.

Esa noche, mi cara era similar a la de la tormenta que había afuera. Salvo que los rayos le daban un poco más de vida, y eso era algo con lo que mi rostro no contaba.

- Consigo ser la envidia de seis mil personas en la ciudad por conseguir un primer puesto - le dije a Julieta, al teléfono. - Pero no consigo llamar la atención de la persona que quiero.

Esa noche solamente llovió y el Sol no salió por unos cuantos días más.

131. Peleas en el Paraíso

En la semana para los exámenes de ingreso a la oportunidad de conseguir un trabajo en la Fiscalía Nacional, todo el mundo ya se encontraba alterado. En sólo tres días, mis amigos se repartían en distintos momentos para rendir y los nervios sobre quiénes quedaban y quiénes perdían, hacía que se volviera una matanza llena de felicidad por la desgracia ajena.

Y mientras que Felipe me comentaba que había aprobado el primer exámen, Martha dudaba de su capacidad de salir bien; y justo al mismo tiempo en que Tobías no creía que se iba a presentar, Tadeo me confirmaba que desistió de la idea de hacerlo.

- Me impulsó más que ninguno de mis amigos quisiera seguir con los exámanes - me comentó, mientras yo me desilusionaba por la idea de que bajara los brazos. - Es que tenemos que admitir que es algo difícil. Tú sabes escribir rápido en una computadora y un exámen de tecleado la pasas bien. Otros, tendríamos que haber practicado más.

Si bien la resignación de Tadeo no me agradaba en lo más mínimo, lo cierto es que tampoco me consideraba apto para insistir demasiado más que un "puedes practicar" de vez en cuando en la oficina. Pero estaba rehusado a no asistir y ya se había dado por vencido.

Ese día de mi exámen, me enteré finalmente que Martha, Guillermina y Susana reprobaron, mientras que a la tarde había quedado en ir a ver a Felipe antes de marchar al curso al que mi empresa me obliga a asistir, para luego ir a rendir el examen de ingreso al Juzgado, para luego tener que ir a rendir un exámen en mi facultad. Un día complicado, que le dicen.

- Alfonzo no salió bien - me dijo Felipe, cuando nos vimos esa tarde. Esta vez no pudimos usar su habitación porque Rafael se había dormido, por lo que tuvimos la charla en la vereda, sentados y disfrutando del día gris. - Y estaba muy deprimido. Tanto que me hizo sentir culpable a mí porque yo salí bien. Y eso fue injusto, porque ni siquiera me felicitó.

Si había algo de lo que entendía bastante bien, es sobre no recibir de la otra persona lo que uno espera.

- De acuerdo, tienes razón - dije, meditando la situación. - Es un suceso bastante complicado. Por un lado, no puedes ir a festejar tus victorias antes las frustraciones de los demás. Pero tampoco puedes dejar de sentirte feliz con lo que lograste porque otras personas no corrieron con mejor suerte.

- Lo sé - me dijo. - Pero me da bronca, porque ni siquiera es capaz de alegrarse por mí.

- Es sólo un detalle.

- Uno de los tantos - reprochó. - Y yo sí soy atento a esas cosas, porque me gustan que las personas me devuelvan lo que doy.

- No vivas esperando la reciprocidad, porque muchas veces no existe - atiné a decir. Estaba obvio que no era lo que él quería escuchar. - Que las personas no reaccionen como tú lo esperas, no significa que sean personas horribles. No significa que no te quieran. Y al fin y al cabo, son solamente eso... detalles.

Felipe no sonó convencido ante mi explicación, por lo que lanzó un resoplido similar al de un caballo y siguió acariciando a su perro que jugaba entre nuestras piernas.

130. Todos Contra Guillermina

miércoles, 26 de noviembre de 2008

- Te lo contaré después - le dije a Tobías, sonriendo. - Tienes que terminar de leer el e-mail primero. ¡Es más práctico!

- No, pero quiero saber qué pasó con Emilce - insistió Tobías, que afortunadamente se reía de lo nervioso que me encontraba y se dio cuenta que no podía hablar. - De acuerdo. Seguiré leyendo, pero después me lo cuentas.

Mientras Pablo mostraba su mejor cara de horror al saberse responsable de los actos en contra, intenté encontrar otro tema de conversación de la galera con tal de que Tobías no preguntara nada acerca del tema.

- Como comentaba, las chicas son muy venenosas - dijo Pablo, como si eso nos alejaría del problema. - El sábado pasado nos encontrábamos en un recital de una banda. Estaban Martha y Guillermina criticando a todo el mundo. Luego se fue Martha y llegó Jessica, y entre las dos empezaron a apuñalar por la espalda a Martha. ¡No pueden vivir si no están criticando a alguien! Juzgar a los demás se convirtió en ellas un arte tan necesario como respirar.

- Me imagino las cosas que dirán de mí, entonces - dijo Tobías, enojado. - Esto pasa porque nadie las frena. Jessica y Guillermina se convirtieron en buitres y todos nos damos cuenta de eso, pero nadie les dice nada.

- Yo ya hice la primera parte - dije, sin sentirme para nada orgulloso. - Si alguien quiere seguir mi línea y decírselos, pueden hacerlo.

- A mí la verdad es que no me interesa - dijo Tobías, y prendió un cigarrillo para darse más auge estético mientras hablaba. - Una es mi cuñada y sólo por ser novia de Emilio tengo que soportarla. Y a Guillermina, gracias a Dios, no la veo todos los días. Si no posiblemente estaría muerta, porque yo no soportaría todo lo que hace.

Tal como una vez lo había anunciado, las cosas malas que ellas dos hicieron, se estaban volviendo en su contra. Sin querer y sin esperarlo, todo el grupo pensaba algo que solamente yo me animé a decir, y el hecho de ser el héroe de toda una generación de personas cobardes tampoco era algo que me producía mucho orgullo. Mucho menos lo era el poder que tenía en mí de destruirla socialmente si es que quería. Pero eso no era necesario, ella sola se había encargado de cavar su propio pozo y ahora se estaba enterrando cada vez más.

Cuando Tobías se estaba marchando y fue hacia mi garaje a buscar su moto, Pablo me miró y me tomó del brazo.

- Por un segundo casi me muero por el tema de Emilce - me confesó. - Pensé que iba a tener que dar la cara y créeme que no quiero tener a Tobías en mi contra por una estupidez mía del pasado. Reconozco que me equivoqué con la chica, y ahora tenemos algo en común que es el estudio de una carrera de medicina. Así que por favor, te lo suplico, no le recuerdes el tema ahora que se está yendo.

- No lo pensaba hacer - le dije. - Ya suficiente me odia Guillermina como para seguir sumándole motivos para que piense que puede odiarme más.

Pero, sin lugar a dudas, Tobías no era tan tonto como para dejar pasar la oportunidad de saber todo y tener una conversación a solas.

- Mañana mismo volveré a verte después del trabajo - me dijo, antes de marcharse.

- Y por suerte, yo no volveré del Congreso por cinco días - me susurró Pablo, al verlo partir.

129. Lo que no Debió Pasar

- Ahora me iré a un Congreso por tres días, así que para el fin de semana, seguramente ya estaré aquí y podremos hacer algo - nos anunció Pablo.

Después de tantas ideas y vueltas, con Pablo habíamos roto la tradición de decir que nos juntaríamos pero nunca más encontrarnos. Lo cual fue emocionante para ambos porque por algún motivo uno siempre cancelaba al otro.

Pero la emoción de ese reencuentro no solamente terminó allí, sino que también llegó Tobías a mi casa, por medio de una invitación de Pablo, y me encontraba totalmente feliz de ver, ya que es mi preferido de todo el grupo.

En medio de ese debate sobre cómo iban nuestras vidas, Tobías seguía quejándose acerca de lo desdichada que era su existencia.

- Quiero que este año termine - dijo, molesto. - Me pasó de todo y ninguna de las cosas fueron buenas.

- Yo ya te dije lo que pienso - respondí.

- Gracias por tu e-mail, por cierto - comentó, encogiéndose en hombros. - Y estaría muy agradecido si alguien me puede poner al día con lo que pasó entre Guillermina y Oliver. Porque seguro que la historia es más coherente que el "se enojó por unas fotos".

- Es que, Tobías... - intenté decir. - Ella... se enojó por unas fotos.

Tobías se río ante eso y una parte mía se preocupaba porque las cosas se hayan puesto contra Guillermina, ya que después de todo, yo no tenía nada en contra de ella. Ella era la que tenía un problema conmigo y, siendo honesto, la extrañaba. Y mientras Pablo hacía su descarga emotiva acerca de lo cansado que está que su novia Paola siempre se deje influenciar también por Jessica y Guillermina y las acusaba de ser unas personas que no tienen una vida social coherente que lo único que provocan son escándalos y disturbios entre las personas, ninguno de los dos se dio cuenta que Tobías estaba leyendo mi e-mail.

- Un momento - dijo, de repente. - ¿Qué tiene que ver Emilce en todo esto?

Pablo y yo nos intercambiamos una mirada de complicidad y miedo al ver lo que Tobías acababa de descubrir. Él ignoraba, hasta ese momento, toda la guerra interna provocada por el tema de Emilce y su no participación en nuestro viaje frustrado. Y, de todos los presentes, Pablo era el que más perjudicado iba a terminar, ya que tendría que reconocer que, públicamente, él fue uno de los conspiradores en contra de Emilce junto con Jessica, Guillermina y Lucas.

- ¿Alguno de los dos me piensa responder? - insistió. - ¿Por qué tuviste que pedirle disculpas a Guillermina por el tema de mi novia, Oliver? ¿Qué es lo que sucedió?

128. Dar la Cara

A Pablo le llevó varios días superar lo que pasó en esa fiesta. Por momentos sentía que todos sus compañeros se habían enterado y se imaginaba a todo el mundo hablando a sus espaldas. Adquirió tal grado de paranoia que las clases se volvieron insufribles.

Fue un error. Lo sabía.

Pero tenía que enfrentar al sujeto que lo llevó a eso. Por más que había un poderoso deseo interno de atacarlo, pese a que no tuviera la culpa, se limitó a acercarse finalmente un día después de clase, fingiendo que le iba a preguntar algo relacionado con una materia que estaban dando.

Ernesto mostró un poco de sorpresa pero intentó no retroceder cuando se acercó.

- Quiero que hablemos - dijo Pablo, cortezmente.

- ¿Qué sucede?

- Dime que no se lo contaste a nadie - imploró, aunque sonó más a una orden.

- ¿De qué hablas?

- De lo que pasó en la fiesta - continuó.

Ernesto lanzó una sonrisa y siguió fingiendo que no pasaba nada. Pablo sospechó en ese momento que si hubiera sido gay, le hubiera llamado mucho la atención aquél chico.

- No te preocupes - dijo el muchacho. - Con que fui el primero, ¿cierto?

- Y el último - se defendió Pablo. - No sé qué me pasó esa noche. Estaba alcoholizado o quizá frustrado con mi vida. La cosa es que fue un momento de debilidad.

- No te preocupes - lo detuvo Ernesto, quien sorprendentemente parecía más maduro en esa conversación que cuando se juntaba a reírse con el profesor. - Nadie lo sabrá y yo ya me olvidé del tema. Somos compañeros y tenemos que vernos hasta final de año todos los días. No vale la pena atravesar por algo que puede ser incómodo para los dos.

Pablo no supo a qué se refería pero agradeció el ser comprendido.

Quizá más aliviado y con la extrema necesidad de creerle esa fue la última vez que pensó en lo que sucedió. Quedará como una anécdota que podrá contársela a los más íntimos, pero se juró no volver a repetir.

Hasta la actualidad, mantiene su palabra.

127. Intento Fallido de Pablo 2

La noche de la fiesta Universitaria de su grupo de enfermería, era algo que solía anhelar por poder ingerir alcohol y de paso dejarse jugar por sus compañeras sexys que se vestían de enfermeras para despertar los morbos de los demás estudiantes, pero también solía molestarle el hecho de tener que soportar a dos personajes que aprovechaban esos eventos para intentar seducirlo. Se refería solamente a su profesor no-declarado-pero-oficialmente-gay y a su compañero de estudios también-gay-más-oficial, Ernesto.

Los dos merodeaban sobre él como buitres cada vez que lo veían con una gota de alcohol en la mano, como si fuera a perder tanto la consicencia como para acostarse con alguno de ellos.

Ernesto era un muchacho deslgado, de ojos oscuros y cabello que bordaban lo rubio. Era lindo a la vista, pero Pablo jamás pensó ni en sus peores pesadillas atravesar la línea con él.

Esa noche lo hizo.

Sucedió antes de las tres de la mañana y nunca sabrá a qué echarle la culpa, pues no estaba lo suficientemente borracho como para olvidarlo pero no estaba lo suficientemente consiciente como para negarse. Inexplicablemente, esta vez atravesó una línea de sexualidad que jamás pensó cruzar. Por única y última vez en su vida.

Recordó que estaba viendo a dos muchachas de muy buenas delanteras bailar seductoramente a un joven que se había quedado exclusivamente en ropa interior.

La música sonaba a todo volumen y las luces apenas alcanzaban para notar a quienes tenían a su lado.

Ernesto lo guió hacia el patio de la facultad. Estaba tan oscuro que la luz de la Luna apenas alcanzaba para distinguir si había alguna interrupción por el camino.

- Déjame hacerlo - susurró Ernesto, a su oído.

Acarició su paquete suavemente. Pablo no se resistió y solamente agachó la mirada. No era considerado una persona violenta y eso Ernesto lo sabía.

- No se lo diré a nadie - insistió. - Sólo una vez. Prueba. Hay que probar de todo en esta vida.

Pablo por un momento sonrió cínicamente por lo que parecía que la única posibilidad de tener una buena mamada sea provenida de un hombre.

Ernesto interpretó el silencio de Pablo como un permiso para desabrochar el cierre del jeans. Se puso de rodillas y con una extrema delicadeza sacó un poco de carne totalmente endurecida. Pablo ni siquiera se dio cuenta lo excitado que estaba y no pudo evitar odiarse por eso.

Ernesto se llevó a la boca la parte de Pablo que jamás había compartido con otro hombre y comenzó una excelente succión que hizo sentir el cuerpo del muchacho vibrar como hacía tiempo no lo sentía.

Sintió los gemidos del muchacho desde el piso elevarse lentamente y eso lo excitó aún más todavía. Era rara esa sensación, como si nunca antes la hubiera experimentado. Fue un niño descubriendo el sexo. Sólo que se sentía diferente. No era una mujer. No sabía en qué recaía la diferencia, pero la notó al instante.

Apartó a Ernesto de su cuerpo y se vistió lo más rápido que pudo.

- Lo siento - se disculpó.

Aún con su bulto totalmente notorio, salió de allí y se adentró en la fiesta de nuevo.

Nunca más volvió a mencionar el tema con Ernesto y de ahora en más sólo fingían un saludo decente.

126. Intento Fallido de Pablo 1

Pablo estuvo planeando desde hacía semanas enteras la noche en que celebraría junto a su novia Paola la cena por los dos años que están juntos. Es todo un logro haber resistido tanto tiempo, y si bien la fidelidad era algo con lo que no contaba en su historial de romance, el estar juntos durante tanto tiempo sí era como un acto que merecía ser celebrado. Y si era posible con sexo, mucho mejor.

La historia de ellos dos no fue fácil desde nunca. Paola era una muchacha que tenía bastantes crisis familiares, muchas de las cuales terminaban en su encierro y la imposibilidad de poder estar juntos. A lo que nuestro estimado Romeo tenía que buscar otras mujeres para poder desquitarse las ganas.

Aún así, cada vez que ellos dos estaban juntos la pasaban fantástico.

Esa noche, Pablo alquiló un par de películas románticas que no verían, consiguió sacarla de su casa y la llevó camino hacia la habitación. Pidieron comida china y por poco el muchacho pensó que tal vez hubiera sido romántico algunas velas, pero no quiso exagerar demasiado.

Estaban terminando de cenar entre caricias y Meg Rayan, cuando de repente...

- Pablo... - se escuchó a Paola susurrar. - Siento una extraña comezón.

Pablo la miró sin doblar la cabeza. Notó que su chica se estaba rascando.

- ¿Qué demonios te ocurre? - preguntó el chico, sorprendido.

Al instante se dio cuenta que matices rojos inundaban la piel de su novia.

- Estás teniendo una reacción alérgica a la comida - se quejó el muchacho, al pronosticar. - Genial.

Sí, sencillamente genial.

No hubo sexo en el 2do aniversario de Pablo y Paola. Pero al menos hubo comida china y una reacción alérgica que los tuvieron entretenidos el resto de la noche.

125. Acostados (2)

El Sol estaba en su pico más alto, haciendo que el calor disimulado por el giro de un ventilador en una pequeña habitación, de todos modos se sienta fuerte y en las noticias se veía que en Estados al sur una tormenta fabulosa estaba arrasando con todo lo que se venía a su paso. No tardaría en llegar donde estábamos.

- Quizá esta noche, quizá mañana - atiné a predecir.

Felipe hizo algo similar a un resoplido, lo cual preferí pensar que fue por el calor que sentía a que por mi charla estaba aburriéndolo.

- El cuadro de tu hermano sigue estando ahí y me incita a que me lo lleve - dije, mirando al cuadro que estaba sobre mí.

- Sí, es lindo - dijo, poco interesado. - Puedes llevártelo.

- Oh, está celoso porque me gusta más un cuadro del hermano - le dije, en una tonadita bastante burlezca y molesta.

- No estoy celoso - intentó defenderse. - Ya te dije que es lindo.

Sonriendo por la rivalidad estúpida que se puso contra Rafael, miré el reloj y con algo de horror descubrí que mágicamente, sólo faltaban 10 minutos para que yo me marchara de ese lugar, así tenía tiempo suficiente como para llegar a clases.

- ¿Por qué miras el reloj a cada rato? ¿Te quieres ir? - me preguntó, en una tonada brusca, queriendo imitarse a como fue la primera vez que estuvimos juntos. Nada más que esta vez yo no había visto las fotos de su celular.

- Si fuera por mí, me quedaría - insistí. - Ya te lo dije.

Diez rápidos minutos más tarde, me estaba marchando. Nos despedimos en la puerta de entrada como todas las veces.

- Hoy me estoy tomando con mayor tranquilidad tu estupidez cotidiana - le dije, sonriendo.

- Yo también - dijo, para no ser menos. - Pero se debe a que estoy dormido porque no me dejaste dormir.

- Entonces vendré a verte en estas siestas que estás libre y no obtienes la computadora - respondí, sonriendo. - Eres más encantador.

Esa fue la primera vez que me retiré de la casa de Felipe con un poco más de gloria que pena. Nuestras conversaciones, por más banales y superficiales que hayan sido, no dejaron de tener importancia. Porque, después de todo, valía el sitio donde hablamos.

Quizá no se vuelva a repetir más, o quizá el hecho de no intentar nada con él, lo haya llamado la atención.

De todos modos no interesaba. Había aprendido la lección de que no tengo que estar bien para demostrarle algo. Tengo que congelar mis sentimientos, hasta que llegue el momento de ponerlos al horno y servilos en una mesa.

Ojalá, con platos y cubiertos, se encuentre Felipe, dispuesto a deleitarse por lo sabrosos que pueden ser.

Y si no lo era, quedarían reservados hasta que alguien tenga tiempo de sentarse a la mesa y disfrutar de un buen plato.

124. Acostados (1)

Cuatro días y dos visitas más a la casa de Felipe, habíamos llegado a la confianza de que yo ingresara a su habitación delante de toda su familia. Su madre me seguía preguntando cómo me iba en una carrera que yo ni en mis más profundos sueños pensé en cursar y mentía sobre la marcha lo mejor que me salía.

Generalmente hacía grandes esfuerzos por evitar el tema y rellenaba los espacios contando cosas sobre mi trabajo, lo cansado que me tiene mi jefe y cómo mi vida social se ha recortado a los fines de semana donde no tengo sueño y tengo que recuperar todo lo que he perdido. Luego de eso, Felipe y yo nos acostábamos a mirar televisión mientras, apuntes en mano por si entraba alguien, nuestros cuerpos estaban separados por milímetros en las camas gemelas y unidas de él y de Rafael.

- Estás acostado sobre mi cama - me dijo, cuando me acosté.

- Es linda - acoté y finjí dormir. - Dentro de un par de horas tengo que ir a un curso que me obliga mi empresa, así que no te molestaré mucho.

- Yo no dormí la siesta por quedarme a esperarte - insinuó, como intentando hacerme sentir culpable.

- Tú sabes que me quedaría todo el tiempo que quieras, pero esto es importante - me defendí, como si tuviera que darle explicaciones. - Aparte, la vez pasada ya falté a uno de esos cursos por venir a tu casa, ¿recuerdas?

Felipe se pasó todo el resto de la tarde intentando hacerme la contra, cosa que yo evadí con diplomacia y sutileza, y ante el menor intento de alterarme, le respondía con una sonrisa y le contestaba bien. Mientras que él, estaba mucho más amable de lo habitual, comenzando porque cuando le ofrecí ir a su casa, me dijo "sí", sin reproches ni condiciones ni tiempo de decidir.

- ¿Cuándo fue tu primera relación sexual? - me preguntó.

- Oh, veo que quieres hablar de sexo.

- No, no fue de sexo - se defendió. - Es una pregunta. No la respondas si no quieres.

- ¿No quieres saber la respuesta? - pregunté, insinuándome.

- Claro que sí, pero no quiero tener que responder a tus preguntas.

- Bien, ¿quieres saber mi primera vez con una chica o mi primera vez con un chico? - pregunté.

- Tu primera vez con quien fuera - respondió.

Tuve que hacer memoria y comencé a relatar una historia que ocurrió hace seis años atrás.

- Sucedió tres días antes de mi décimoquinto cumpleaños - conté. - Lo recuerdo porque tres días después cumplí 15. Fue con una amiga de una amiga. La típica historia.

Felipe mi miró como si hubiera arrancado la cabeza de su perro y la estuviera usando de collar.

- ¿Acaso no tuviste infancia?

- Espera, ¿cuándo fue tu primera vez?

- El año pasado - dijo, muy orgulloso. - Unos días antes de cumplir 17.

Y entonces, si mis datos no estaban mal, no quise preguntar pero me di por enterado que su primera vez fue con Alfonzo.

123. La Carta a Tobías

Estimado Tobías:

¿Cómo estás?

Después de haber pasado una maravillosa tarde de sábado, creo que adquirí una extraña seguridad (raro en mí) de poder escribirte unas palabras.

Como me puse a pensar en lo breve que hablamos (aunque suficiente), antes de irme a dormir quería sentarme 5 minutos ante la PC para mandarte esto. Verás, como no tengo todo el tiempo del mundo para dedicarle a mis amigos, por lo menos quiero hacer el intento de que sepan que les doy importancia.

Me dijiste que estabas medio estancado, rutinario, perdido y todos estos adjetivos... y dejame decirte que ¡no sos el único!

Así que la intención de este e-mail no es convencerte de que las cosas van a mejorar, ni decirte que es una mala etapa y que después todo va a estar bien, porque es mentira. ¡No mejora! Contrario a eso, sólo nos acostumbramos y dejamos de padecer cuando caemos en cuenta que no vamos a ningún lado por más que lo intentamos.

Así que no tengo intenciones de darte las pautas para ser feliz en un mundo tan horrible, pero sí quiero que sepas que poner la felicidad ante toda las cosas malas, no es la meta, pero que lo es el sentir lo malo y saber que no vamos a morir por eso.

Pareciera que todos los caminos apuntan a que seamos fríos y de esa forma evitarnos la molestia hasta de pensar en las cosas que hacen falta. Es decir, ¿no estaríamos mejor así? De esa forma nos evitamos el sufrimiento por lo que no tenemos y queremos conseguir para nosotros, pero la conformidad es solamente un cautiverio para la libertad (esto último lo dijo alguien famoso).

Así que lo que estás pasando ahora, dejame decirte que es algo por lo que pasé, paso y seguramente seguiré pasando. Puedo darte un detalle de las cosas que creo que me hacen falta (estabilidad emocional, ir al gimnasio también, dejar de escudarme por medio de mis ironías para no dejar ver mis verdaderos sentimientos, volver a ser amigo de Guillermina, ser el novio de la colorada de Grey's Anatomy, dejar de fumar, etc. etc.), pero también tengo que saber que la felicidad no puede depender de otras personas, porque al fin y al cabo es un proceso interno.

Con respecto a la rutina, no tendría sentido que atiendas una telefónica o que día tras días estés escavando una cueva o tirándote con un paracaídas. Al fin y al cabo, tarde o temprano, todo eso se vuelve rutina también. Y a veces, es bastante considerado y hasta bueno saber que día a día tenés que hacer esas cosas en lugar de vivir día a día como alma que la lleva el viento. No saber para dónde ir o no tener un lugar donde pasar el tiempo, creo que te caería peor.

Aún así, está espectacular que tomes a esto como algo que harás ahora hasta que encuentres la meta a seguir, hasta que averigues que te gusta y qué es lo que quieres hacer, o cómo quieres seguir una rutina que realmente te complete. Y si te sientes perdido, no sabes cómo encontrarla o de repente te das cuenta que ninguna de las opciones te gustan tampoco (o quizá hasta no tengas ninguna otra opción) ¡es totalmente normal!

Así que, como ves, mi e-mail no es nada alentador ni te intenta pintar el mundo de color rosado. Ni tampoco estoy para decirte que cuentes conmigo para encontrar la salida (porque, sinceramente, sería un ciego guiando a otro).

Este e-mail tiene la pura y exclusiva intención de decirte que no estás solo. Que no está mal caerse de vez en cuando, no por lo fuerte que te vuelves al levantarte, sino porque permitís que los demás te sostengan para evitar el golpe.

Y eso último, mi estimado Tobías, es lo que, por medio de estas palabras, intento hacer.

122. No Puedo Hacerlo

- Estoy en un dilema moral - le dije a Lucas, cuando se acostó a mi lado en mi cama, como siempre solíamos hacer cuando teníamos que debatir sobre algún problema.

- Permíteme adivinar de quién se trata - dijo irónico. - ¿Qué ha hecho ahora?

Me senté en la cama mirando hacia mis pies y prendí un cigarrillo. Siempre prendo uno cuando tengo que hablar de mí. Hace quedar como más estético o más profesional a lo que estoy diciendo. Le da ese cierto aire de importancia.

- Hoy se enojó conmigo porque dice que yo lo trato mal - le contesté.

- Y eso es cierto - respondió. - Tú tiendes a tratar mal a las personas que te rodean. No entiendes que hay personas a las que le cuestan captar tus códigos.

- Esto es maravilloso - dije, cruzándome de brazos. - Ahora Mr. Víctima es el abogado de Mr. Sensible, y yo sigo siendo el malo de la película.

- ¿Ves? Comentarios como esos son inentendibles porque no sé de dónde viene tanta maldad - me dijo Lucas, sonriendo.

Le tiré un almohadón por la cabeza.

Una vez que Lucas dejó de intentar devolverme el golpe, me crucé de brazos y me puse a pensar un poco mejor en las cosas.

Afuera, una lluvia torrencial estaba humedeciendo las calles de la ciudad. Ya era el cuarto día así después de meses de sequía. Me encantaba, aunque quizá no tanto para un viernes por la noche.

- No puedo hacerlo - reconocí. - No puedo cambiar y ser una mejor persona.

- ¿Por qué no? - me preguntó. - Tú sabes que te ayudaría. Oliver, no quiero que seas como yo.

Lucas continuaba su campaña para evitar que yo me convirtiera en una persona fría e insensible, y se desesperaba cada vez que nos encontrábamos porque era obvio que no salían bien sus planes.

- El hecho de tratarlo así es lo que me está ayudando a que no sienta nada por él - le dije a Lucas. - Si cambio esto, si bajo el único escudo que tengo y le entrego mi corazón... No me conviene.

Ni yo me esperaba un comentario tan inteligente de mi parte, pero la conclusión pareció caernos como anillo al dedo, ya que a ninguno se le ocurrió nada para contradecirla.

- No puedo permitirme sentir algo - concluí. - Tendrá que aceptar al Oliver que le tocó, porque no puedo seguir regalando partes de mí a quienes me lo piden.

121. Un Poco Culpable

- La verdad es que estuve pensando en lo que hablamos y creo que tienes algo de razón - reconocí, aunque me costaba horrores. - Y me siento algo culpable porque quizá no te mereces esto.

No estaba hablando con Guillermina ni intentando solucionar nada de ese problema. Al contrario, estaba hablando con Felipe, quien dos horas atrás se enfureció conmigo porque me dijo que lo trato demasiado mal con mis ironías. Por más que intenté explicarle que eran solamente unos chistes que no contenían ningún mensaje subliminar, él sentía que mis insultos tenían una base real y que lo que había en mi corazón, lo estaba expresando con palabras de ese modo.

- Es que me siento mal cuando me dices esas cosas - me contestó. - Porque siento como que me estás reprochando que yo no puedo pasar tiempo contigo. Y siendo honesto, yo tengo novio, tengo amigos y tengo personas con las que quiero estar además de ti, y me gustaría hacerlo sin tener que rendirte cuentas.

- Yo no te pido que me rindas cuentas - me defendí, porque después de todo era cierto. Prefería vivir en la ignorancia con respecto a lo que hacía. - Mira, entiendo que tengas inseguridades o que creas que te presiono porque visiblemente no sé expresarme de una forma mejor. Tú lo que debes tener en cuenta antes que nada es que te quiero, que estoy contigo por ti y no porque quiero que me debas algo porque, al fin de cuentas, no te estoy haciendo ningún favor.

Aquella conversación me tomó tan de imprevisto que no tenía sentido que estuviera aclarando algo que pensé que estaba bien establecido.

- Sólo te pido que no me hagas más estas cosas - me pidió, con esa ternura que sólo él sabe tener. - Tú sabes que soy sensible.

- En estos momentos me siento un idiota - respondí. - O tal vez tú nunca supiste entenderme.

- Tal vez.

- Voy a intentar ser una mejor persona - le prometí.

Felipe sonrió como si acabara de ganar una batalla a muerte contra alguien, mientras que yo me declaré vencido ante esa sonrisa.

Ahí me di cuenta que cometí un error al prometer algo que no iba a cumplir.